jueves, 9 de noviembre de 2017

Aquila ad lunam volavit: Caelum MCMXCIX


     Dicebamus hesterna die...


     No ha mucho, rebuscando entre las cajas llenas de trastos, encontré algunos juguetes de mi tierna (os lo juro) y ya lejana (y añorada) infancia.

     Y como el Diablo siempre está presto a meter la cuchara en cualquier estofado, no se me ocurrió mejor idea que restaurar los que pudiera, y recuperar los que se habían perdido por el camino.
 

     Este es uno de los que se perdieron. El Eagle Transporter. 



"Espacio: 1999": La serie:



     Muchos de los que ahora peináis canas (o - mutatis mutandis - lloráis su pérdida) la recordaréis: A consecuencia de una explosión en un almacén de residuos nucleares, la Luna es despedida de la órbita terrestre y vaga por el espacio, arrastrando consigo - de aventura en aventura - a los habitantes de la Base Lunar Alfa. Aunque, considerando que la única misión de los trabajadores de Alfa (trescientos y pico, nada menos) era velar por el almacenamiento seguro de los residuos nucleares, y que los hicieron saltar por los aires a los veinte minutos del primer episodio, no creo yo que en la Tierra fueran a echarlos mucho de menos...

     La serie en cuestión es obra del prolífico Gerry Anderson, responsable también de otros hitos de nuestra infancia televisiva como Guardianes del Espacio, El Meteoro Submarino, El Capitán Escarlata, OVNI o Los Protectores.

     Lo cierto es que, aunque los argumentos eran más sencillos que el mecanismo de un botijo (Presentación Rápida / Problemón / Soluciones-Que-No-Funcionan / "Que-Dice-El-Comandante-Que-Salgan-Todas-Las-Aguilas" / Tó-Arreglao-Tira-Pa-Casa), eran las naves espaciales, las Águilas, las que nos tenían ojipláticos perdidos a todos los que vivimos el prepostfranquismo en pantalón corto.

     El diseñador de éstas es Brian Johnson (no el cantante de AC/DC, otro) que cuenta en su carrera con dos Óscars a los mejores efectos visuales, uno por Alien y otro por El Imperio Contraataca; añadamos a eso diseños para Thunderbirds y 2001: Una Odisea del Espacio, y no es un currículum como para avergonzar a nadie del gremio.


"Eagle Transporter": El juguete:

     Como iba diciendo - antes de empezar a desbarrar - tenía la idea de recuperar los juguetes más emblemáticos de mi infancia. El Águila me pilló ya casi quinceañero, así que lo que me tocó en aquella época fue el kit de Airfix, traído de Inglaterra por un pariente.


     Aunque lo recuerdo con mucho cariño, lo cierto es que buscaba algo más resistente - recuerdo que la vida media de mis maquetas era de un par de meses, antes de que un plumerazo descuidado las enviase al cielo de las construcciones - así que rebuscando por Internet encontré que Dinky Toys había fabricado en los 70 un modelo en metal.

   Como - digan lo que digan nuestros próceres - no está la economía para farolillos, encontré en Ebay un ejemplar bastante maltrecho, y me hice con él por poco dinero (los ejemplares en buen estado se cotizaban por encima de los trescientos mortadelos). Eso sí, el precio correspondía al estado: así, a simple vista, faltaba el motor principal, la pintura estaba desconchada y los reactores de maniobra estaban hechos cisco. Por lo tanto, aprovechando la coyuntura, compré a otro vendedor un kit de motor y otro de reactores.



     Examinando el modelo - es la primera versión, del año 1975 - vemos que el estado general no es tan malo como pudiera parecer.



     La estructura está bien, el fuselaje no tiene desconchones - cosa que me sorprendió gratamente -, los muelles del tren de aterrizaje están en buen estado, y los reactores de aterrizaje están bastante mejor de lo que me atrevía a esperar. Por otra parte, tiene rotos los cristales del módulo, las piezas no encajan entre sí desde hace años - el conjunto suena como una pandereta -, tiene arañazos por todas partes (es lo que tienen los niños, que se empeñan en jugar con sus juguetes), y la pintura...en serio, ¿era necesario pintarla de verde?.

   Eso, señores de Dinky, se llama crueldad.


     Como primer paso, desmontamos todo el conjunto. Retiramos los cuatro tornillos de la parte inferior, y aplicamos el taladro a los remaches del módulo.


     Ahora toca sumergir durante media hora las piezas pintadas en gel decapante, y lavar a conciencia la roña acumulada durante cuarenta años en las demás.


   Bien, ahora nos encontramos en una encrucijada: O bien intentamos restaurar el Águila a su versión original (horrorósica)


o bien intentamos hacer un Águila comme il faut, buscando que se parezca en lo posible a las de la serie.


     Pues como se trata de rehacer lo que tuve de pequeño (y como el juguete es mío y hago con el lo que quiero), vamos a intentar la segunda opción.

     De momento, vamos a por la espina dorsal (la raspa, para los amigos). Es horripilante. Tiene rebabas por todas partes, demasiados travesaños, los tubos son demasiado gruesos y el plástico es demasiado blando. Un asquito, vamos.

     Empezamos por lijar lo lijable, recortar lo recortable, y añadir lo añadible. Un cable de fibra óptica que encontré en un cajón nos da para hacer unos refuerzos de la estructura.


     Y unos trozos de nosequé - creo que son cierres para bolsas - comprados en el CMB (Chino de Mi Barrio), perforados nos dan los anclajes entre la espina y la estructura de los módulos.

     Está claro que esto no sirve, son el doble de gruesos de lo necesario. Y, encima, no reaccionan ni al ciano ni al pegamento para plásticos, con lo que hay que recurrir al epoxi - y a dejar unos churretes de los que habrá que ocuparse posteriormente.


     Para quitarnos el mal sabor de boca que nos ha dejado la raspa, la dejamos un rato y pasamos al tren de aterrizaje: unas tiras de poliestireno ayudarán a dar un poco de relieve.



     Herencia de su origen juguetil, las piezas son más simples que ir a pie. Las superficies son lisas, aburridas, sin ningún tipo de detalle, y quedan feísimas. Así que aplicamos estireno en tiras y recortado en placas para dar algo de volumen.

     Como la espina es de plástico blando, es incapaz de dar rigidez a la unión de los módulos, así que Dinky optó por poner una vigueta metálica por debajo para fijarlos. Un perfil en U, en metal sin pintar, por debajo de la estructura de la raspa. Supongo que económicamente tendría sentido para el fabricante, pero estéticamente es como para arrancarse los ojos.



     Así que añadimos tiras de poliestireno a la vigueta imitando la espina, de modo que, pintada de blanco, desentone menos.

     Del mismo modo, con un alambre de latón hacemos unos conductos para los motores principales, que quedaban muy sosos.


     Las toberas de los reactores de dirección (los agujeros en el módulo de mando) eran una birria. El inferior estaba razonablemente bien, el superior era apenas una depresión en el metal, y los laterales simplemente se los habían saltado.

     Dremel al canto, agujeros rehechos y una bolita de masilla metálica en cada uno corrigen el problema.



      A la hora de hacer el prepanelado, me encuentro con que al retirar la cinta de enmascarar del módulo de mando me llevo por delante la pintura y la imprimación. Se ve que la imprimación acrílica (Vallejo en spray, 13 mortadelos) no se lleva bien con las piezas de metal. Así que el módulo de mando vuelve al bote de decapante, y esta vez lo imprimo con un spray de pintura gris de la droguería de al lado (1.5 mortadelos, mirusté), que resiste lo que le echen. Cosas de la vida.


     Fin de la primera etapa de pintura. Capa base aerografiada con blanco matado con unas gotitas de gris de Vallejo Air Color, y con la cabina y los huecos del tren de aterrizaje pintados con negro a pincel. Para las toberas y las patas, una base negra y una capa de Gris Metalizado.

     Para el módulo de pasajeros, he optado por el modelo de Transporte VIP, blanco con rayas rojo-anaranjado y cristales negros. Así que, como vemos al fondo, medio kilo de cinta de enmascarar y a aerografiar se ha dicho.

     Los enganches de la espina a los módulos han sido reeemplazados por tiras de poliestireno de media caña, perforadas y lijadas hasta que tuvieran la forma adecuada. Por lo menos, estas sí son del grosor adeacuado.


     ... Vale, primer ensayo de vestuario. Ensamblamos las piezas y el resultado empieza a parecer decente. Antes de corregir deslices en la pintura (enmascarar una superficie corrugada ajustando mucho la cinta e intentando que al retirarla no se lleve la pintura tiene su miga), hay que ocuparse de las juntas.


     Los módulos laterales tienen demasiada holgura. No podremos hacer gran cosa, pero el putty de Tamiya aligerado con acetona aliviará algo el problema.



     Y ahora, las calcas. Compradas en Ebay, me doy cuenta (después de una tarde de tenerlas en remojo sin ningún resultado) de que no son calcas, sino adhesivos. Es decir, que no se aplican en mojado, sino quitándoles el protector.

     Zape, gato. Esto huele a chamusquina. Y es que, al tacto, la hoja es demasiado gruesa. Y eso significa que el protector es muy grueso, o que...

     Efectivamente, están impresas en un papel gordísimo. Con los resultados previsibles de que resaltan un montón sobre la superficie, y de que no hay quien las adapte a las partes curvadas.

     Yupi.



     Bien, pues la única solución posible es la de retirar el papel protector y, usando una hoja de afeitar, retirar de la resultante la capa superior, más fina. A pesar de eso, siguen siendo demasiado tiesas, y ni el Microset puede hacer nada.

     Bueno, aplicamos barniz sobre las superficies, ponemos la calca, y aplicamos otra manita de barniz para fijarla.

     De momento, el módulo de pasajeros lo dejaremos a un lado - no nos interesa alterar los cristales (para conseguirlos, pintamos de negro una tapa de encuadernar transparente, y la pegaremos con cola blanca dejando el lado brillante hacia afuera) - hasta que lo hayamos barnizado.

     Aplicamos epoxi al bloque motor y a todas las piezas danzarinas, y ahora viene la parte divertida. El Enguarring.

     Usando hojas de Post-it para enmarcar cuadros y rectángulos, panelamos con un pincel plano y carboncillo rallado. Como es prácticamente la única nota de color que tendrá el Águila, esta es nuestra oportunidad de darle un poco de vidilla. Dos o tres rayas hechas con marcador permanente y/o pinceles, pintamos de amarillo-naranja los refuerzos de la raspa y a enguarrar.

     Como quiera que las Águilas son el caballo de batalla de una Base Lunar, es de suponer que el mantenimiento que reciben sea funcional, más que estético. Vamos, que no creo yo que las laven con mucha frecuencia. Por lo tanto, las zonas próximas al escape de las toberas (impulsoras, de despegue, maniobra y dirección) estarán tiznadas de hollín (carboncillo y pigmento pizarra oscura), y toda la nave tendrá una pátina grisácea (pigmento pizarra media) del polvillo lunar en aterrizajes y despegues. Pizarra media y gris claro en una aplicación muy ligera en las toberas, patinado con Óxido rojizo.







     Y ahora sí, aerografiamos tres capas de barniz satinado a la totalidad de la nave, y - tras colocar por fin los cristales - cerramos con epoxi el módulo de pasajeros.

     El Águila está terminada.

     Como me aburro, vamos a buscarle una cajita. Mientras espero que me llegue la que he comprado, voy haciendo experimentos para la base. Esta está obtenida a partir de una superficie simulada de la cubierta de un portaaviones.


     Al fin llega la caja. Al final, me he decantado por imitar parte de la plataforma de aterrizaje de la Base Lunar. Lástima que no me quepa entera en la estantería.








E questo è tu-tu-tutto, amici!


jueves, 13 de enero de 2011

Ardentia Verba

Y es que hay palabras que queman.

En estos días, y a raíz del contratiempo experimentado por la “Ley Sinde” (que Dios tenga en su Gloria - lo antes posible, por favor), nos hemos visto inundados de declaraciones del gremio de juglares– curiosamente, todas en “El País”, en lugar de en “Público”; parece que estén haciendo apuestas de cara al futuro – con perlas inolvidables como las de Javier Bardem (“Dejémonos de estupideces: eso es robar”) o las de Alejandro Sanz (“proxenetas de las canciones robadas”). Pobreticos, se ve que les ha sabido mal.

Yo entiendo que, con los excesos propios de estas entrañables fiestas navideñas, a uno se le caliente la boca y acabe soltando venablos como robles, pero creo que es menester aclarar algunos conceptos básicos.

Que no es lo mismo el robo, que el hurto, que la cesación de lucro. Y es el lucro cesante lo que reclaman nuestros juglares.



Permitidme ilustrarlo mediante una sencílla parábola. Imaginad: Galilea, hace poco más de dos mil años. Es de noche. Y, sin embargo, llueve.

Robo es el apropiarse por la fuerza (o mediante amenazas de violencia) de un bien ajeno. Polejemplo, si un pastorcillo del Belén se va para Baltasar y, esgrimiendo un bastón, le conmina a entregarle la mirra so pena de recibir un garrotazo en la cabeza. Resultado: El pastorcillo se queda con la mirra, Baltasar se queda sin ella, y el Niño Jesús se pone triste. Eso es robo.

Hurto es apropiarse sin violencia de un bien ajeno. Si Baltasar, para no quedar mal, aprovecha un descuido de Gaspar para guindarle el incienso, eso es hurto. Resultado: Baltasar regala al Niño Jesús el incienso, y Gaspar queda como el culo ante San José y la Virgen.

Pero la cesación de lucro es otra cosa. Siguiendo con el ejemplo, Melchor, después de seis meses cruzando el Oriente a lomo de camello, siente unas urgencias completamente comprensibles (y es que, contrariamente al acervo popular, hay cosas para las que un camello no sirve) y no desea gastarse el oro del regalo en putas (algo difícil de explicar a los padres del Niño). Así que se va para María Magdalena, se baja los pantalones ante ella, y se hace una paja. Resultado: Melchor ha saciado sus ansias, y María Magdalena no ha perdido nada - simplemente, ha dejado de ganar un dinerillo. Eso es cesación de lucro.

Y hete aquí que María Magdalena reclama a Melchor el lucro cesante: el dinero que ella habría obtenido de haber contratado Melchor sus servicios.

Con el agravante de que los pastorcillos han observado la jugada de Su Majestad, y todos se apresuran a aliviar sus ardores de la misma forma. Con lo que María Magdalena ve seriamente mermados sus ingresos – ya sólo le quedan las subvenciones obtenidas del Rey Herodes – y el Belén queda mayormente hecho un asco, que entre los pastorcillos y el caganer aquí no hay quien pise.

Visto esto, el Rey Herodes impone un canon compensatorio por orgasmo privado, imponible a cualquiera que posea genitales manipulables, destinado a indemnizar a las hetairas por los dineros que – hipotéticamente – podrían haber ganado de haber tenido como clientes a toda la población de Galilea.

Y no contento con ello, Herodes – por mediación una de sus consejeras, antigua compañera de trabajo de María Magdalena – presenta una ley prohibiendo el onanismo, bajo pena de castración al tercer aviso.

De momento, el Sanedrín no ha aceptado la ley, pero todo se andará. Que entre fariseos, saduceos y herodianos, vamos aviados.

lunes, 1 de febrero de 2010

De profundis pedicabo te: La "Maitechu mía"



Una aventura ultramarina de Don Leandro de Arensivia


Tiempo ha que me rondaba el magín la idea de traer de vuelta a D. Leandro de Arensivia, esta vez en una aventura submarina.

La idea original era la de un minisubmarino del estilo de la Tortuga de Bushnell



partiendo de una pelota de rugby. Pero el problema de dar rigidez a la pelota resultó demasiado complicado; era necesario ponerle un costillar externo que sujetase el cuero para que, una vez desinflado, mantuviese la forma, y aún así no era seguro que funcionase. Además, el tamaño era demasiado pequeño para albergar a un Madelman.

Por lo tanto, se imponía construir la estructura desde cero. Me gustaba la idea de una forma ahusada, como la del Ictíneo de Monturiol





Así pues, manos a la obra.

En primer lugar, partimos de un ensamble de tubería; lo partimos por la mitad y unimos las dos partes obtenidas mediante unas varillas de metal que den rigidez al conjunto.




Hecho esto, practicamos ocho agujeros en cada extremo, e insertamos varilla de poliéster, que presenta un equilibrio perfecto entre rigidez y flexibilidad.


Si no pasamos de aquí siempre podremos emplearlo como paraguas.


Insertamos el otro extremo de las carlingas en el aro de popa, y obtenemos un diseño digno de una lámpara de Ikea.



Para garantizar un mínimo de estabilidad de la estructura, creamos una red de cuadernas hechas con bramante; una sola no hace nada, pero el entramado proporciona rigidez al conjunto. Una manita de spray de pintura color cobre, y estamos listos para seguir.

Ahora montamos la cubierta de intemperie. Una plancha de Plasticard corrugada - tiene la flexibilidad adecuada para darle la vuelta de bao - hará las veces de la misma, y la tapa de un bote de chicles nos da una torreta la mar de steampunk.





Las tomas de aire provienen de los cañones de un barco pirata de juguete; para redondearlo, unas brazolas hechas con arandelas de goma y unas cuentas de bisutería a modo de remaches



pegadas encima de la goma.



No me gusta el resultado; da el aire de lo que busco, pero los remaches sobresalen demasiado y, al ser irregulares (hay que decir que la caja de quinientos me costó cincuenta céntimos en un chino, y los pobres no podemos ser exigentes) el resultado queda demasiado pasteloso





La solución viene de golpe: fresar las brazolas e incrustar los remaches dentro del fresado




Ahora sí que sí; los remaches medio ocultos en la brazola ya parecen otra cosa.







Vamos a empezar a montar el interior. Para ello, y con mucha precaución, eliminamos las carlingas de crujía que pusimos al principio; entre la cubierta de intemperie y el entrramado de bramante, la estructura tiene apenas la rigidez necesaria para no parecer un muelle gigante - cuando recubramos el casco espero que éste aporte la firmeza que falta, pero las varillas hacen imposible el trabajo en el interior (por no hablar de la habitabilidad del mismo). Guardaremos las carlingas porque nos serán muy útiles más adelante.


Unos manteles individuales de madera (a euro la pieza en un todoacién)




nos proporcionan una solución flexible a todas nuestras necesidades de madera.

Usaremos una placa para hacer la cubierta del puente de mando, y la teñimos con tinte de nogal. La rueda del timón proviene de un afilalápices en forma de rueca



y el grupo propulsor personal está hecho con piezas de una bicicleta de juguete.

Una tapa de encuadernación nos proporciona el mamparo de separación de la sala de máquinas, y lo reforzamos con unas vigas hechas con perfil de goma. Un agujero en el centro del mismo, cubierto por el Plasticard que nos sobró de la cubierta, nos da una escotilla de acceso. Un par de pajitas de refresco servirán como tuberías para insuflar aire en la misteriosa sala de máquinas (donde está alojado el Condensador de Flujo).




Detalle de la timonera y el propulsor. Ecológico y sostenible donde los haya.




Con un par de varillas y un listón de madera hacemos la escalera de la torre. La cubierta del puente llega sólo hasta un tercio de la proa, para permitir el acceso al sollado (que alberga la sentina y el camarote - buena mezcla, viven los cielos).




Vista del puente de mando / sala de derrota / sala de bitácora.






Bien, ahora llega el momento de recubrir el casco, ceremonia importante en la vida de todo submarino. Empleamos varios salvamanteles, recortándolos con la Dremel y pegándolos con cola termofusible (por cierto, que estoy de los hilillos de pegamento hasta el capelo cardenalicio). Varias capas de tinte color avellana le dan el tono deseado, y un par de manos de barniz brillante protegen la madera.

En el interior, una cómoda proveniente de un fascículo de casa de muñecas hará las veces de mesa de derrota, y un colchón con sus almohadones - de la misma procedencia - transforman un humilde sollado en un, si no lujoso, sí aceptable camarote.

La pata telescópica de un trípode, unida a un trozo de nosequé de plástico (el cajón de los desechos es una fuente de sorpresas así como de misterios) nos dan el material necesario para un periscopio de lujo.



Para los ojos de buey, hacemos un agujero - con mucho cuidadito, que las cuadernas son de bramante y no aguantan muchas bromas - del tamaño adecuado y le aplicamos unas brazolas de goma remachadas con tachuelas de tapicería del 6.






Esto empieza ya a parecer algo serio. El moñaco del lado es un inspector de Marina que se desmayó al constatar la falta de progresos del astillero.



De momento está claro que el periscopio es demasiado alto; habrá que recortarlo o no cabrá en ningún sitio. Como es telescópico, no queda más que encogerlo un poco y volver a fijar los tramos con ciano.




Como divertimento, hacemos un alto para empezar a pensar bajo qué bandera singlará nuestra nave.

El escudo no llevó demasiado trabajo



(la traducción se deja como ejercicio al lector)


pero la bandera es más complicada.


Tras barajar muchos diseños, claramente Steampunk,





decidí reconstruir las banderas corsarias españolas.
Esta, en uso hasta finales del siglo XVIII


tiene la gracia de llevar las aspas de Borgoña, lo que a un carlistón como D. Leandro le vendría de perlas. Pero la bandera de corso en uso en 1898 sería esta otra



Y, por supuesto, un caballero de la Tradición no puede entrar en combate si no es arropado por los pliegues de su bandera




Ahora toca cerrar las aristas, que al aire quedan débiles (y feísimas). Hice varias pruebas con perfil de goma, pero presenta dos problemas: La pintura no agarra bien (el esmalte, la sintética directamente no agarra) y el pegamento tampoco; ni con ciano, ni con epoxi, ni con contacto, ni a hostias. Así que probé con cinta de cobre (oí hablar de ella curioseando en un foro de modelismo naval) y el resultado no es malo:




Aunque me hubiera gustado más que la cinta fuese más gruesa, da un acabado como de cobre martillado que sirve perfectamente a nuestros fines.






Para calafatear las juntas, nada mejor que un tubo de pintura Gütermann Creativ con punta de 0'5. Eso sí: tras dos horas apretando el tubito, los dedos duelen un montón (y la yema del otro)





Pero el resultado es muy aparente: las maderas resaltan mucho más.




Hora es ya de construir el sistema impulsor. Como nave de la clase Piscíneo, la Maitechu Mía emplea un sistema de impulsión oscilante de arco fijo basado en el barrido intermitente sobre plano horizontal propulsado por la interacción de un generador rotatorio de plano vertical con dos actuadores externos.

O sea, una cola. De pescao.
Y a pedales.




La cola la obtendremos de una copa de champán de plástico, cortada en cuatro partes y embutida sobre sí misma. En el último tramo encolaremos medio cedé, y a vivir.



Véase la muestra:



Y una vez pintada queda tal que así:





Una vez colocada en su sitio, el resultado es mismamente:







Y el inspector del astillero no puede resistirse a la tentación de probar qué tal se ve desde la vela:





Vamos a empezar con el interior del puente de mando.

Decoramos la mesa de derrota con planos a escala, la raspa de un antiguo marinero (sirve para pisapapeles o para jurar dedicar tu vida a combatir la piratería) y unas cuantas chuminadas más:










Empezamos a trabajar en los diales.

Para fabricar un dial, seleccionamos una varilla de madera del diámetro adecuado y la hacemos lonchas finas con la Dremel. Imprimimos el dial a la escala correcta y pegamos la imagen sobre la loncha de madera. Pintamos los laterales en color bronce, y añadimos una arandela de latón brillante (obtenida enrollando un trozo de alambre latonado sobre el mango de un pincel de diámetro ligeramente inferior al del dial). Sólo queda depositar una gotita de esmalte de uñas brillante en el interior, para dar el reflejo del cristal.

Este es el resultado en los paneles de control:



Para obtener las palancas, usamos la Dremel para hacer una serie de cortes paralelos - hasta algo menos que la mitad - en la varilla de madera, recortamos luego la parte inferior y pegamos unas cabillas pintadas que servirán como actuadores.



Añadimos en la parte de abajo un trozo de cordón dorado oscuro y liso; hoy en día estamos acostumbrados a que el cableado de los equipos quede oculto en el módulo, pero en la época de D. Leandro lo habitual era que los cables quedasen al aire.





Y así es como queda el periscopio de ataque






Ahora montamos los paneles de control al alcance del capitán/piloto/timonel/galeote




Y ya podemos probar cómo va quedando el interior





Aplicamos remaches a la cola



E instalamos los actuadores externos del impulsor




La proa, vista desde el puente de mando. Podemos apreciar la manivela de actuación del espolón.



El interior visto desde la escotilla



La crujía y el sollado desde el ojo de proa



Instalamos el "espolón rotatorio excéntrico adjunto al eje longitudinal".

Un sacacorchos injertado en medio huevo Kinder. Rematado, como siempre, con un trozo de perfil de goma remachado con alfileres.





Bien, esto ya tiene la forma definitiva.



Ya sólo queda instalar todas las piezas que tenemos desperdigadas por la mesa.

Un robotillo de Star Wars



convenientemente destripado y pintado, nos proporciona las palancas necesarias para el control auxiliar del Condensador de Fluzo (necesario para cambiar la profundidad).




Se trata de pegar en su sitio un montón de piezas que hemos ido preparando, de forma que el interior del puente quede abarrotado y con una cierta sensación de agobio.





Vamos a por nota:

Un amigo me pasó un palmo de cinta de LEDs. Se trata de una cinta adhesiva sobre la que van montados minúsculos LEDs SMD cada dos centímetros, junto con las resistencias necesarias. Simplemente, se corta la longitud deseada, se pega a la superficie que se quiere iluminar, y se le aplica corriente (12V, aunque por comodidad vamos a emplear una pila de 9V)



El resultado es espeluzctacular:
























Ya podemos añadir los ojos de buey; un aro de plástico y cinta de cobre sobre media esfera de esas que contienen las chucherías en las tragaperras infantiles, remachadas con cabezas de alfiler.


Y el resultado final: